Querido Nesta

Querido Nesta,

Lo estás diciendo. Lo estás cantando a gritos. Denunciás algo horrible, pero lo anunciás de una forma hermosa. Que estamos presos, sí que lo estamos.

Intenté escapar. Por un día, un día y medio. Alejarme solamente 100 km de la ciudad para amainar la ansiedad agresiva de vivir para sobrevivir en una vida ya armada (¿cuándo perdí las riendas de mi propia voluntad?)
100 km. Y esa distancia ya es paz.
¿Tan terrible es? Espantoso, por su atrapante disfraz. Te seduce engañándote con que afuera es aburrido; aunque a esta altura, ni siquiera sé si existe un afuera.

Todos los días hacemos las mismas cosas para seguir haciendo esas mismas cosas todo el resto de nuestros días. Una red de color gris, con cimientos y bocinas, te envuelve y no te deja salir. Ruidos artificiales, grotescos olores y -si no sale el sol- lo opaco anulando cualquier cosa que brille.

Roberto, coincidimos.

No sé dónde está el amor, ni la dulce vida acá. Definitivamente esto se parece más a la muerte que a cualquier otra cosa. Y, quién sabe, tal vez la muerte sea más rock n’ roll.

Y ese solo de guitarra dibujado por Tosh que conmueve hasta el más zombie de estos animales.

La rutina. La rutina contextuada en edificios, en tráfico, en multitudes que cumplen horarios para poder vivir en edificios y comprar autos para estar en el tráfico y así sentirse bien entre las multitudes.
La rutina. La rutina apresada en días, horas y minutos. En una agenda y en un calendario. En un esquema que te dice que en determinados momentos se duerme y en otros se despierta. Y que en algunos tenés que comer. Y en otros que irte a trabajar (en casi todos los momentos ese boceto te dice que te corresponde ir a trabajar) ¡Hasta salirse de esa estructura es parte de la estructura! Tiene denominación y hasta una legislación que parece, vilmente, escrita por el peor de todos nuestros enemigos: licencia, también conocida como vacaciones. 20 días en 365.

No te quiero aburrir, pero escucharte y coincidir fervientemente contigo me impulsa a escribirte esta carta. Sin pensarlo: tecleo -tac, tac, tac, tac- para contarte esta anécdota mientras me endulzas con tu estrofa agridulce de tanta conciencia social.

Con esto de las notas de voz, empecé a sacarle jugo al compartir sonoro. Objetivo: mandarle un audio a alguien que, al escucharlo, sonría. Vos mandarías canciones, creo. Aunque tal vez te hubieses mantenido al margen del mundo tecnológico-social. Yo quise y no pude.

En fin, fue el turno de mi primo Mathías, gran devoto tuyo, para que en el día de su cumpleaños el saludo fuera arriba de una de tus canciones. 10 de julio, calle céntrica, salió un deseo de feliz cumpleaños antecedido por “Si no es la mejor canción de Marley, pega en el palo”. No te estoy alcahueteando, es necesario el detalle para el comentario siguiente.
Mi primo, el cumpleañero quién en su brazo tatuó tu Satisfy my Soul (ya hablaremos de eso en la próxima correspondencia…) me respondió, conjunto a su agradecimiento: “Y te voy a decir algo de ese tema, yo no sé si es el mejor, pero es lejos el que tiene la mejor introducción”. Pfff. ¡Claro que sí, Mathi!

Ojalá estés de acuerdo con nosotros.

Lo increíble es que esta conversación sobre tu canción, se da en el bosque gris; a través de sus herramientas de comunicación. Esta conversación, que ni siquieran es tal, se da en la Jungla de Cemento.
Estamos inmersos y cuánta razón tenés. No tendremos cadenas sobre los pies, pero jamás estamos libres. Porque no nos deja ser. Como si fuera una fuerza superior que supera cualquier esfuerzo supremo. Y otra vez el solo de guitarra. Y las ganas de llorar.

Porque es ahí, en ese preciso instante de tu canción lujo de la joya Catch a Fire, en que nos hacés dar cuenta que todos somos parte. Que fuimos quienes la construimos, que somos los que la mantenemos y seremos quienes la reinventen hasta el fin de la existencia.

Porque la humanidad no es otra cosa que bestialidad. Y halló lo más preciso, en su justa medida para poder vivir. Su hábitat para ejercer su cuadrícula fría de emoción y poder revolcarse en el capital maligno de la envidia y del que más tiene gana. Encontró el lugar. Su Jungla de Cemento. Y otra vez el solo. Y siempre las ganas de llorar. Hasta que las ganas dejan de ser tales para dar lugar al manifiesto tangible de la tristeza.

No sé si te pasaba. Porque también decís que siempre reís como un payaso de esto. Pero ese solo de guitarra y tus palabras con tu voz… desvelan sensibilidad extrema para percibir lo cansador que es intentar y no poder, una y otra vez, salirse de una vez y para siempre, de tu Concrete Jungle.

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