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El río Colorado se tiñe de amarillo

Un accidente provocado por un derrame de residuos ha teñido de amarillo las aguas del río Colorado, cuyo nombre, puesto por el explorador español Melchor Díaz en 1540, obedece a su característico color arcilloso. El pasado miércoles, un equipo federal de limpieza de minas vertió por accidente casi cuatro millones de litros de residuos al suroeste del estado de Colorado. El arroyo Ánimas, afluente del Colorado, recibió el vertido el pasado miércoles y los efectos en el cauce general se pueden contemplar desde el sábado por la tarde. Las autoridades locales aseguran que el accidente no amenaza el suministro de agua potable, pero sí puede ser peligroso para la flora y la fauna de la zona.

El equipo de limpieza estaba rehabilitando una mina, radicada en la localidad Farmington, Nuevo México, que dejó de funcionar en 1923. La Agencia de Protección de Medio Ambiente quería adecentar los conductos abandonados y adecentar la instalación, cuando se perdió el control.

“La intención era bombear agua y reducir la contaminación de metales que sale de la mina”, explicó a la agencia Associated Press Ruch Mylott, responsable del plan. En su momento fue una de las grandes extractoras de oro en el Oeste. Su nombre es toda una declaración de intenciones, Gold King, Rey de Oro, uno de los lugares más visitados de Arizona, cuyo atractivo consiste en recrear la vida durante la fiebre del oro, con un pueblo fantasma como reclamo más notable.

El derrame afecta a más de 160 kilómetros desde el punto en que estaba la mina, muy cerca de Silverton, un histórico pueblo minero de Colorado. De nuevo, el bautismo responde a los metales, era la Ciudad de la Plata, en inglés, Silver Town, hasta que derivó en Silverton. El flujo sigue hacia Farmington, Aztec y Kirtland en Nuevo México. El torrente amarillo está ya cerca de Montezuma Creek, cerca de Utah, y la turística localidad de Bluff.

De momento no se ha hecho una estimación sobre el tiempo en que tardarán en volver a la normalidad. Como medida cautelar se han clausurado dos pozos que abastecían a Montezuma Creek. El suministro de la Tribu Navajo es el siguiente que podría peligrar.

En previsión de que el vertido se siga esparciendo, se ha tomado la medida de llenar un tanque residencial en Halchita con agua potable traída desde Arizona, a 64 kilómetros. Se espera que la Agencia de Protección de Medio Ambiente se reúna con los habitantes de Durango, próxima al foco del derrame, para valorar la situación y tomar muestras para analizar la situación con más detalle. Los pronósticos no son demasiado halagüeños si se tiene en cuenta que entre los contaminantes del vertido se han detectado muestras de plomo y arsénico.

Aún así, las autoridades locales aseguran que el derrame no es una amenaza para el agua potable, por ahora, pero sí lo es para la flora y la fauna. La primera indicación ha sido alejar a perros y ganado del cauce. La acidez del río ha aumentado 100 veces según AP.

El diario local Durango Herald ha creado una página donde se puede comparar la situación antes y después del accidente.

Lo que más ha soliviantado a los habitantes de la zona es la desinformación. Se quejan por no saber qué se iba a proceder a la rehabilitación de la mina y, con más ahínco, por lo sucedido después. “La EPA (Agencia de Protección de Medio Ambiente) causa todo esto y después dice ‘Ah, bueno’, y no pasa nada. Si tú o yo lo hacemos iríamos a la cárcel”, declaró Sairi Dwyer, a Los Ángeles Times.

El río Colorado es un icono en la cultura estadounidenses, representa la convivencia del ser humano con la naturaleza. Con la presa Hoover como gran obra civil, casi centenaria y activa, y el Gran Cañón como uno de los parajes naturales más visitados del mundo, con tramos mundialmente conocidos gracias al cine del Oeste.

Fuente: El País España

Reciclar estilo de vida!

Son miles las personas que cada año dejan sus antiguos muebles y otras pertenencias a un lado para abandonarlas en basureros. Sin embargo, con un par de reparaciones y un ojo creativo estas pueden ser realmente útiles para el resto del mundo, ayudando al mismo tiempo a reducir la cantidad de residuos que se botan diariamente.

Se estima que sólo los estadounidenses producen la alarmante cantidad de 250 mil millones de toneladas de basura al año. Por esta razón, los jóvenes universitarios alrededor del país no se aguantaron más y decidieron poner manos a la obra. Mentalizados para terminar con los residuos en los campus, los estudiantes crearon PLAN o Post-Landfill Action Network (Red de Acción Post-Vertedero), donde se apoyan las iniciativas verdes, se educa a los estudiantes sobre la crisis de la basura y se ayuda a entrenar a la próxima generación de líderes sobre las prácticas sustentables.portadabasura

La estupidez humana no tiene límites

Cecil,era un majestuoso león macho de 13 años que representaba un símbolo para Zimbabwe al ser la “mayor atracción turística” en Hwange, el principal parque de fauna del país, fue encontrado muerto, sin piel ni cabeza. Un hecho lamentable, que fue a causa de un capricho del ser humano, y peor aún, teniendo en consideración que su deceso acarreará el de sus 6 crías, al presentarse un nuevo jefe de manada que no los aceptará, por querer iniciar su propio legado.

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Como si no fuesen suficientes malas noticias, el león fue cazado de manera ilegal y por 3 personas que no tenían licencia, al herirlo con una flecha y seguir sus pasos durante dos días, hasta que lograron llevarlo más allá de los límites de la reserva que lo protegía con la ayuda de un cebo de carne y un rastro de sangre, para finalmente dispararle y acabar con su agonía.

“Tuvo que ser horrible. Todo lo que hicieron fue ilegal”, aseguró el director del Equipo de Conservación de Zimbabwe, Johnny Rodrigues al Diario El País, y agregó que, incluso intentaron romper el GPS que llevaba el felino y que le permitía ir a sus anchas por el parque.

Hasta el momento, las dos personas que organizaron la expedición fueron detenidas y pasarán a disposición de la justicia, y bueno, el cazador, al que se le pagaron nada menos que 55 mil dólares por “el trofeo”, sigue libre. De todas formas y para apaciguar un poco del dolor que puede causar la pérdida de Cecil, se sabe que sus días fuera de la cárcel están contados, ya que se confirmó que es de nacionalidad española y que pertenece a la Asociación de guías y cazadores profesionales de Zimbabwe (ZPHGA), quienes no dudaron en confirmar que uno de sus miembros dirigía la caza, y que por consiguiente, decidieron suspenderlo de su cargo hasta poder confirmar todos los hechos.

Una historia triste, que destruyó a toda una familia, que tiene a un país completo realmente afectado y que es la consecuencia de tan sólo 3 humanos fríos, ambiciosos, sin conciencia y destructivos.

La caza de animales exóticos se ha transformado en un vicio para algunas personas. Tanto es así que llegan a pagar miles de dólares para viajar a África y matar un león, un rinoceronte o el animal que se les antoje borrar de este mundo. En este caso, un dentista estadounidense se introdujo en la sabana de Zimbabwe, guiado por otros dos hombres, con el objetivo de asesinar a un león y llevarse la piel de vuelta a su país.

La noticia ha causado conmoción en las redes sociales. Y no es para menos… Planearon todo para que el animal saliera del recinto protegido, luego el tipo le disparó una flecha, pero eso sólo lo dejó agonizando por casi dos días, hasta que finalmente le dio muerte y huyó del lugar. La gente no ha quedado indiferente:

Ahora el conflictivo pero bastante acertado presentador, Jimmy Kimmel, se desquita contra Walter Palmer, quien seguramente es uno de los hombres más odiados en las redes sociales en este momento:

 

Una sonrisa exactamente asi

Por Eduardo Sacheri

Hasta ahora sonreíste siete veces. Por supuesto que las tengo contadas. Hace un rato increíblemente largo que vengo mareándote con mis palabras, por estrategia o por desesperación, y verte sonreír es –me parece- la única huella que puede llegar a indicarme si voy bien o si estoy perdido.
La primera fue la más fácil. Las difíciles fueron desde la segunda en adelante. Tu primera sonrisa fue automática, impersonal. Fue un reflejo de la mía. Casi un acto de imitación involuntaria. Un tipo joven se acerca a tu mesa, se te planta adelante y te dice “hola” mientras sonríe y vos, que estabas absorta mirando hacia fuera, hacia la calle, volvés de tu limbo y contestás aquella sonrisa con una igual, o parecida.

A partir de entonces las cosas se complicaron. Fue mucho más difícil conseguir que soltaras la segunda. Porque este desconocido que era –que sigo siendo- yo, sin dejar de sonreír, te pidió permiso para ocupar la silla vacía de tu mesa. Unos minutos –prometí-, no demasiados. Un rato, porque tenía que decirte algo. Entonces de tu rostro se fue aquella sonrisa, la primera, la del reflejo o el saludo, la que era nada más que un eco de la mía. Y en su lugar quedaron la extrañeza, la incertidumbre, las cejas un poco fruncidas, un ápice de temor. ¿Qué quería este desconocido? ¿De dónde lo habían sacado?

Como te sostuve esa mirada, como aguanté a pie firme este bochorno precisamente por causa y por culpa de esa mirada tuya, no de esa pero sí de otra nacida de los mismos ojos –la que tenías mientras mirabas hacia fuera del café sin ver a nadie, ni a mí ni a los otros, justo cuando yo pasaba corriendo por Suipacha-, como te la sostuve, digo, vi que estabas a punto de decirme que no, que no podía sentarme a tu mesa. ¿Dónde se ha visto que una chica acepte sin más ni más a un desconocido en su mesa, sobre todo si el desconocido tiene el traje desaliñado, la corbata floja y la cara empapada de sudor, como si llevara unas cuantas cuadras lanzado a la carrera?

Ibas a decirme que no, y si no lo habías hecho aún era porque en el fondo te daba algo de pena. Fue por eso, porque se notaba en tu rostro que ibas a decirme que no, aunque te diera pena, que alcé un poco las manos como deteniéndote, y te rogué que me dejaras hablarte de los uruguayos del Maracaná.

Para eso sí que no estabas lista. No había modo de que lo estuvieras. ¿Quién hubiese podido estarlo? Te habrá sonado igual de loco que si te hubiera dicho que quería contarte sobre la elaboración de aserrín a base de manteca o sobre la inminente invasión de los marcianos. Pero la sorpresa tuvo, me parece, la virtud de desactivarte por un instante la decisión de echarme.

Y en ese instante, como en el resto de esta media hora de locos, no me quedó otra alternativa que seguir adelante. ¿Te fijaste cómo hacen los chicos chiquitos, cuando se pegan sigilosos a las piernas de sus madres mientras ellas están atareadas en otra cosa, para que los alcen a upa aunque sea por reflejo y sin distraerse de lo que están haciendo? Más o menos así me dejé caer en la silla frente a vos. Sin dejar de hablar ni de mirarte, y sin atreverme a apoyar los codos sobre la madera, como para que mi aterrizaje no fuese tan rotundo.

Para disimular no tuve más opción que lanzarme a hablar, aunque no supiese bien por dónde empezar y por dónde seguir. Arranqué por la imagen que a mí mismo me cautivó la primera vez que alguien me puso al tanto de esa historia: once jugadores vestidos de celeste en un campo de juego, rodeados por doscientos mil brasileños que los aplastan con su griterío furioso, a punto de empezar a jugar un partido que no pueden ganar nunca.

Te dije eso y tuve que hacer una pausa, porque si seguía amontonando palabras esa imagen iba a perder su fuerza. Y noté que querías seguir escuchando, y no por el arte que tengo para contar, sino porque ese es un principio tan bello y tan prometedor para una historia que a cualquiera que la escuche sólo le cabe seguir atento para enterarse de lo que pasa con esos once muchachos.

Me pareció entonces que era el momento de agregarte algunos datos que te ubicasen mejor en esa trama. Año 1950, te dije, Campeonato Mundial de Fútbol, partido final Brasil-Uruguay, Río de Janeiro, 16 de julio, tres y media de la tarde, te dije.

Esa fue la segunda vez que sonreíste. Una sonrisa extrañada, a lo mejor desconcertada, a lo peor compasiva, pero sonrisa al fin. Ya no tenías temor de que este tipo locuaz de traje gris fuese un asesino serial o un esquizofrénico. Podía ser un idiota, pero en una de esas, no. Y la historia estaba buena. Por eso te seguí pintando el panorama, y te conté que los brasileños llegaban a ese partido final después de meterle siete goles a Suecia y seis a España. Y que Uruguay le había ganado por un gol a los suecos y había empatado con los españoles. Y que con el empate le alcazaba a Brasil para ser campeón del mundo por primera vez.

Ahí yo hice otra pausa, porque me pareció que tenías datos suficientes como para que la historia fuera creciendo en tu cabeza. “¿Sabés qué les dijo un dirigente uruguayo a sus jugadores, antes de salir a jugar la final?”, te pregunté. Vos no sabías, cómo ibas a saber. “-Traten de perder por poco. Intenten no comerse más de cuatro-. Eso les dijo. Les pidió que evitaran el papelón de comerse seis o siete. ¿Te imaginás?”, te pregunté. Y vos moviste la cabeza diciendo que sí, y yo me quise morir viéndote así, porque estabas imaginando lo que yo te estaba contando, y era una estupidez, pero fue entonces, hace veinte minutos, que tuve la intuición fugaz de que era el primer diálogo que teníamos en toda la vida. Vos estabas ahí, o mejor dicho vos estabas ahí dejándome a mí también estar ahí porque te estaba contando de los uruguayos. Era esa historia la que me tenía todavía vivo en el incendio de tus ojos, y por eso te seguí contando.Gol-Ghiggia

Esos once muchachos vestidos de celeste entraron a cumplir con un trámite, te dije. El de perder y volverse a casa. Para eso el Maracaná recién estrenado, las portadas de los diarios impresas desde la mañana, el discurso del presidente de la FIFA felicitando a los campeones en portugués, la mayor multitud reunida jamás en una cancha, los petardos haciendo temblar el suelo.

“Con decirte –proseguí- que la banda de música que tenía que tocar el himno nacional del ganador no tenía la partitura del himno uruguayo”, y abriste mucho los ojos, y yo te pedí que no abrieras los ojos así porque podías tumbarme al suelo con la onda expansiva, y esa fue tu tercera sonrisa, con las mejillas un poco rojas asimilando el piropo cursi y suburbano. Supongo que yo –definitivamente enamorado- también me puse colorado, y salí del paso contándote el partido, o lo que se sabe del partido, o lo que no se sabe y todo el mundo ha inventado del partido. Un Brasil lanzado a lo de siempre: a triturar a sus rivales, a engullir seleccionados, a llenarle el arco de goles a todo el mundo, a sepultar rápido los noventa minutos que los separaban de la gloria. Un Uruguay chiquito, un Uruguay estorbo, un Uruguay que molesta y pospone el paraíso. Un Uruguay ordenado y prolijo que le cierra todos los agujeros y los caminos, y un primer tiempo que termina cero a cero pero es casi lo mismo porque el empate le sirve a Brasil.

“Y empieza el segundo tiempo y a los dos minutos –continué- Friaca marca un gol para Brasil”. Entonces fruncí los labios y moví las manos en ese gesto que quiere decir “listo, ya está, asunto terminado”, y que vos interpretaste a la perfección, porque te pusiste un poco triste.

“Imaginate lo que era el Maracaná después del 1 a 0”, agregué. Los uruguayos ya tenían que meter dos goles, y en realidad lo más probable era que Brasil les metiera otros cuatro antes de que esos pobres muchachos consiguieran llegar a la otra área.

Creo que ese fue el momento más difícil. No digo de esa final del Mundo. Me refiero a nuestra charla, o más bien a mi monólogo. Tal vez te suene ridículo –en realidad lo lógico es que todo esto te suene absolutamente ridículo-, pero evocar ese instante del gol de Friaca, con todo el mundo enloquecido y feliz alrededor de esos once uruguayos náufragos me hizo sentir a mí también el frío mortal de la derrota. Y estuve a punto de rendirme, de ponerme de pie, de ofrecerte la mano y despedirme con una disculpa por el tiempo que te había hecho perder. No sé si te ha ocurrido, eso de entusiasmarte hasta el paroxismo con alguna idea que apenas la echás a rodar se vuelve harina y es nada más que pegote entre los dedos. Así quedé yo en ese momento.

Pero entonces me salvó tu cuarta sonrisa. Al principio no la vi, porque me había quedado mirando tu pocillo vacío y el vaso de agua por la mitad. Por eso me preguntaste “¿Y?”, como diciendo qué pasó después, y entonces no tuve más remedio que alzar la vista y mirarte. Tenías la cabeza apoyada en la mano, y el codo en la mesa y los ojos en mí. Y tus labios todavía no habían desdibujado esa sonrisa de curiosidad, de alguien que quiere que le sigan contando el cuento.

No me quedó más remedio –o lo elegí yo, es verdad, pero a veces es más fácil elegir cuando uno piensa que no tiene más remedio- que caminar hasta el fondo del arco y buscar la pelota para volver a sacar del mediocampo. Recién, hace quince minutos, lo hice yo; en el ’50, en Río, lo hizo Obdulio Varela. El cinco. El capitán de los celestes. Te dije que según la leyenda se pasó cinco minutos discutiendo con el árbitro para enfriar el clima del estadio. Pero son tantas las leyendas de esa tarde que si te las contaba todas no iba a terminar nunca. Esos uruguayos, pobres, habrán gastado mucha más saliva, a lo largo de sus vidas, desmintiendo las fábulas de lo que no fue que relatando lo que sí pasó.

Se reanudó el partido. Y yo, contándotelo, hice más o menos lo mismo. A esa altura se supone que está todo dicho y todo hecho –te situé-: Uruguay pudo resistir el primer tiempo completo. Ahora que entró el primer gol tiene que entrar otro más, y otros dos, u otros cuatro. Ahora la historia va a enderezarse y caminar derecha hacia donde debe.

Pero el asunto se escribe de otro modo. Porque ese gol que Friaca acaba de meter no es solamente el primero de Brasil en esa tarde. También es el último. Nadie lo sabe, por supuesto. Ni los brasileños que juegan ni los brasileños que miran ni los brasileños que escuchan. Pero los once celestes sí parecen tenerlo claro.

Tan claro que siguen jugando como si nada. Como si más allá de las líneas de cal se hubiese acabado para siempre el mundo. Tal vez por eso, porque están decididos ni más ni menos que a jugar al fútbol, desborda la camiseta celeste de Ghiggia por derecha, envía el centro y Schiaffino la manda guardar en el arco de Barbosa, que no lo sabe pero acaba de empezar a morir; aunque todavía le falten cincuenta años hasta que de verdad se muera.

No sé si en otros deportes esas cosas son posibles. En el fútbol sí. Nada es para siempre, ni definitivo, ni imposible. ¿Será por eso que es tan lindo? Faltan diez, nueve minutos para que Brasil sea campeón con el empate. Pero Ghiggia se la toca a Pérez que se la devuelve profunda, como en el primer gol, por la derecha, hacia el área. El puntero celeste lo encara a Bigode y lo deja de seña, aunque se acerca peligrosamente al fondo y eso lo deja sin ángulo de disparo. Lo lógico es que Ghiggia tire el centro. Eso es lo que esperan sus compañeros, que le piden impacientes la pelota. Es lo que esperan los defensores brasileños, que tratan de marcarlos. Y es lo que espera el pobre Barbosa, que se mueve apenas hacia su derecha para anticipar el envío.

Ahí vino tu quinta sonrisa. Fue de nervios. Faltó que te pusieras de pie para ver mejor, como hacen los plateístas en la cancha en las jugadas de riesgo. Esa fue la menos mía de todas tus sonrisas. Pero no me molestó, casi al contrario. Esa sonrisa fue toda para Ghiggia, para alentarlo a lograr lo que en apariencia no podía salirle: sacar el balinazo al primer palo, meter el balón entre Barbosa y el poste. Prolongaste tu sonrisa para acompañarlo en su carrera con los brazos en alto, esa carrera a solas, a solas porque sus compañeros simplemente no pueden creer que la pelota haya entrado por donde no había sitio para que entrase.

A esa altura me faltaba contarte poco. El público enmudeció de pavor, y a los jugadores de Brasil el alma se les llenó de malezas heladas. Y ahí llegó tu sexta sonrisa. Esta fue confiada. Ya habías entendido cómo terminaba la historia. Lo único que querías era que te lo confirmase. Te agregué una última leyenda, porque aunque tal vez también esa sea mentira, de todos modos es hermosa. Con el tiempo cumplido, cayó un centro al área de Uruguay. El uruguayo Schubert Gambetta alzó los brazos y tomó la pelota con las manos. Sus compañeros se querían morir. ¿Cómo va a cometer ese penal infantil en una final del Mundo, con el tiempo cumplido? Lo increpan, lo insultan. Gambetta los mira sin entenderlos. Se defiende, tal vez a los gritos, tal vez lo hace llorando. Les dice que miren al árbitro. Les pregunta si no lo escucharon. Porque aunque parezca imposible, Gambetta es el único que ha escuchado el pitazo final. Es el único que ha sido capaz de discriminar de entre todos los ruidos –el de la pelota, el de las voces, el del pánico- el sonido del silbato. Los demás terminan por entender que es cierto: el partido ha terminado, Uruguay es campeón del mundo.

Y cuando hice un segundo de silencio después de la palabra “mundo”, tu séptima sonrisa se iluminó del todo, en el alborozo de saber que esos once muchachos de celeste habían sido capaces de saltar todas las trampas del destino para volverse a Montevideo con la Copa. La tortuga que derrota a la liebre, el mendigo hecho príncipe, David contra Goliat, pero con pelota.

Si hubiese ganado Brasil nadie se acordaría demasiado del 16 de julio de 1950. Lo normal no se recuerda casi nunca. Pero ganó Uruguay, un partido que si se hubiese jugado mil veces Uruguay debería haber perdido novecientas cincuenta y empatado cuarenta y nueve. Pero de las mil alternativas Dios quiso que cayera esta: Uruguay da el batacazo más resonante de la historia del fútbol, y más de medio siglo después yo me acerco a tu mesa y te lo cuento.

Hoy es 28 de julio. Pero si vos ahora me decís que me levante y me vaya, da lo mismo que sea 37 de noviembre. Lo del 37 de noviembre te lo dije recién, hace dos minutos, pero tu sonrisa no llegó a ser porque viste mi expresión seria y te contuviste. Porque ahora hablo más en serio que en todo el resto de esta media hora que llevo sentado enfrente tuyo. Y si vos ahora me decís que me vaya, yo me levanto, dejo tres pesos por el café, te saludo alzando una mano, me mando mudar y sigo por Suipacha para el lado de Lavalle. Y vos de nuevo te ponés a mirar por la vidriera.

Igual andá con cuidado, porque es muy probable que si reincidís en eso de mirar hacia afuera con esos ojos que tenés, otro tipo haga lo mismo que yo, se enamore y entre. Más difícil será que te cuente una historia como esta que acabo de contarte, pero algo se le ocurrirá, mientras intenta no perderte. Pero bueno, pongamos que eso no sucede, y el resto de los hombres te deja en paz, mirando hacia la calle. En ese caso, de aquí a unos minutos se te irán borrando de la memoria los tonos de mi voz y los detalles de mi cara.

Y ahora viene lo más difícil. El problema es que los uruguayos pueden acompañarme hasta aquí y nada más. De ahora en adelante es imposible. Y mirá que, para esos tipos, no parece haber muchas cosas imposibles. Pero lo que falta por hacer es asunto mío. O mío y tuyo, pero no de ellos.

Lo que me falta contarte es el final, o el principio, según se mire. Me falta hablarte de mí, hace media hora, corriendo como un loco por Suipacha hacia Corrientes. Tarde, tardísimo, porque hoy todo me salió al revés desde el momento mismo en que abrí los ojos, esta mañana. El despertador que no sonó, o que me olvidé de poner, el golpe que me di con el borde de la puerta en plena frente, los dos colectivos que pasaron llenos y me dejaron de seña en la parada, el subte que fui a tomar desesperado por no llegar tardísimo al trabajo y que hizo que fuera corriendo por Suipacha desde Rivadavia y no desde Paraguay, y el semáforo de Corrientes que pasa al verde diez segundos antes de que llegue a la esquina y los autos que arrancan y yo que me agacho con las manos sobre los muslos intentando recuperar un poco el aliento, mientras giro de espaldas a la calle y me topo con el bar y con tu codo en la mesa y tu cabeza en la mano y tu mirada en el vidrio pero viendo nada.

No importa lo primero que pensé al verte. O sí, pero no es el momento. Tal vez haya oportunidad, alguna vez, de decírtelo. Depende.

Lo que sí puedo contarte es que en ese momento, mientras me asaltaba el dilema de volverme hacia Corrientes y seguir corriendo hasta Lavalle o entrar a encararte es que vinieron los uruguayos. Llegaron en ese momento. Los once: Máspoli; González y Tejera; Gambetta, Varela y Rodríguez; Ghiggia, Pérez, Migue, Schiaffino y Morán.

Te parecerá tonto, pero esos uruguayos del Maracaná me sirven de talismán. No siempre. Sólo recurro a ellos en situaciones difíciles. A veces recito la formación, como rezando. O me los imagino en el momento de entrar a la cancha con cara de “griten todo lo que quieran, que nos importa un carajo”. O lo veo a Ghiggia en el momento de meter el balón por el ojo incrédulo de la aguja de Barbosa. Si Uruguay pudo en el ’50, me dije… en una de esas quién te dice.

Por eso me desentendí del semáforo y de la calle Corrientes y entré al bar y caminé hasta tu mesa y te sonreí y vos, por reflejo, me devolviste tu primera sonrisa. Pero como te dije hace un rato el problema no son tus primeras siete sonrisas. El asunto es la que viene.

Tengo novecientas noventa y nueve chances de que me digas que me vaya, y una sola de que me pidas que me quede.

Porque ponele que yo ahora termino y vos sonreís: alguien lo mira de afuera y puede decir “¿Y qué tiene que ver que sonría? Puede sonreír porque piensa que estás loco, o que sos un tarado”, y es cierto, puede ser por eso. Y en una de esas es verdad.

Pero también puede ser que no, que sonrías porque te gusté, o porque te gustó la historia que acabo de contarte. O las dos cosas: a lo mejor te gustamos mi historia y yo, y a lo mejor te estás diciendo que en una de esas para vos también este es un día especial. Un día distinto, ese día diferente a todos los otros días en que las cosas se salen de la lógica y la vida cambia para siempre, y a lo mejor pensás eso a medida que yo te lo digo y en tu cabeza se abre la pregunta de si no será una buena idea seguirme la corriente, por lo menos hasta dentro de medio minuto cuanto te invite al cine y a cenar, o hasta dentro de un mes o hasta dentro de un año o hasta dentro de cuarenta.

Y puede que ahora sonrías una sonrisa que me indique a mí, que llevo media hora intentando leer las señales de tu rostro, que hoy no sonó el despertador y me pegué con el filo de la puerta y perdí los colectivos y corrí hasta el subte y vine corriendo desde Rivadavia y me cortó el semáforo y giré y vos estabas sentada en el café nada más que para esto, para que yo me atreva a rozar tu mano con la mía y vos de un respingo y me mires a los ojos con tus ojos como lunas y yo te sonría y vos también me sonrías, pero no con una sonrisa cualquiera sino con esta que te digo y que vos estás empezando a poner, ¿ves? Así: una sonrisa exactamente así.

Revista El Gráfico

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LOS INADAPTADOS DE SIEMPRE, LOS QUE LO ALIENTAN Y LOS QUE SE LO PERMITEN.

Todo estaba preparado para que sea una fiesta, el marco era imponente y los actores estaban todos, no faltaba ninguno.
Los futboleros, hinchas o no hinchas de los dos equipos que se iban a batir en un duelo deportivo, estuvieron no solamente ese mismo día jueves esperando ansiosamente el pitazo inicial, sino que la ansiedad venia ya desde hacía más de una semana.

Por qué el futbolero tiene eso, no disfruta de los partidos importantes, aprende a sufrirlos días antes y a padecerlos de la mejor manera, ese es su primer disfrute antes de un día de gloria en caso de que llegue ese ansiado día, recién ahí, se permitirá disfrutar, por lo menos hasta el fin de semana siguiente.
Hoy días después de este echo que nos dejara un recuerdo como unas de las páginas más negras en la historia del futbol sudamericano, del deporte en la Argentina y más que nada en la historia de los superclásicos entre Boca y River, (por nombrar uno de tantos ejemplos que se podrían dar) hoy, con algunas horas que todos tuvimos para reflexionar y que las aguas están más calmadas sería bueno recordarnos y replantearnos ciertas cosas que se fueron perdiendo a medida q avanzábamos en este camino de querer hacer más global y mas marketinero al futbol.
Muchos titulan como “Vergüenza Mundial”, “Bochorno” y que al final no hubo fiesta, y ahí caemos en el primer error, la fiesta estuvo… pero no para todos los que queríamos ver un auténtico partido de futbol, si no solo para unos pocos, porque si algo hay que reconocer que las personas q arruinaron nuestra fiesta deportiva, terminaron logrando no solamente su propio objetivo, sino disfrutando de su propia fiesta, llámese barbarie para algunos, pero para ellos, fue fiesta al fin.

Incidentes-Boca-vs-RiverNo es de extrañarse que por todos los medios y rincones del mundo aparecieran los moralistas rasgándose los vestidos por lo sucedido, refiriéndose con comentarios tan inoportunos y desafortunados que generaba asombro en quien escribe ya que generaba casi la misma violencia que el que disparo el gas pimienta a los jugadores visitantes.

Un medio grafico estuvo durante todo el mes previo a este suculento evento deportivo y trilogía de capítulos deportivos entre Boca y River vendiéndolo y titulándolo de la siguiente manera: “REVOLUCION DE MAYO”
Entiendo que haya sido por motivos comerciales y que no hayan buscado generar nada en quienes consumían dicha publicidad, es más, hasta de manera inteligente (si se puede llamar así) jugaron con la fecha en que se daba esta serie de partidos en el mismo mes que se festeja la Revolución en la república Argentina.
Ahora definamos que quiere decir revolución, su significado es el siguiente: “Cambio brusco en el ámbito social, económico o moral de una sociedad.” Muchos toman la palabra revolución como el medio para iniciar una guerra que cambiara algo, (si es que algo se cambia con las guerras.) y hace unas noches por lo menos fuimos testigos y algunos en HD del inicio de una cuasi guerra deportiva-social y de valores.
Vivimos en un mundo futbolero que promueve y gusta de esa figura hermosa del gran jugador estrella y que hoy mas allá de embolsar millones con sus gambetas sigue siendo aquel humilde y poco letrado pibe de barrio, llena de orgullo a muchos y eso está bueno y se celebra por que su talento lo desparrama por donde pisa en el campo de juego durante los 90´ minutos del match.
El tema es este, he aquí la cuestión, o el error de todos es el siguiente, nos olvidamos que al igual que el crac de barrio que está dentro de la cancha, en la tribuna también tenemos personas que se siguen comportando como en el barrio, como en el campito, en ese lugar precario donde para ese espectáculo no son tan necesario los modales, el acate de normas y el respeto a las mismas.
Por eso lo llaman “Inadaptados” pero no se detiene a reflexionar el por qué, ese es el tema con estos sujetos, aun no caen o no quieren caer que están en un lugar privado, en un estadio donde el que está al lado tiene derechos al igual que él, en un lugar con leyes y normas a seguir, y pareciera que la gracia es esa, cuanto más normas o leyes rompas más vivo sos y mas crack te volves ante la sociedad.
Por eso son, inadaptados, porque no encajan en el lugar que están y en cómo deben comportarse, entonces lo más lindo de todo no es solo ellos, sino aquellos que saben que están ahí a punto de hacer hechos violentos y su pasividad es tristemente asombrosa. Siendo que su función es la prevención, el adelantarse a esos actos vandálicos que una y otra vez inunda nuestros estadios.
Vale la aclaración y la reiteración, esto no es cosa de ahora, ni de allá y de otros lares del mundo, porque también sucede acá, quien escribe fue testigo privilegiado de como los responsables de la seguridad de los espectadores esperan a que sucedan los hechos para actuar y no anticiparse al desastre, hace muchos años que sucede, y la actitud pasiva de los responsables les genera un manto de protección a los violentos que los hace creer que lo que hacen es correcto, esa pasividad teniendo la autoridad para prevenirlo también los hace cómplices de esos tristes hechos que los demás cometen.
Señor lector, tal vez coincida conmigo, tal vez no… tal vez ya dejo de leer esta columna o tal vez no. si así no sucedió y aún tengo la suerte de contar con su atención déjeme dejarle una última y humilde reflexión en cuanto a este tema.
Tristemente para los que amamos este deporte hace décadas, vamos notando que se va mezclando lo hermoso del folclore del futbol con la estupidez social y el olvido de valores, y sucede de una manera tan licita e impune tanto así que algunos los hacen ver atractivo para que otros lo compren y consuman del pico sin preguntarse que están consumiendo.

La definición de suicidio se dice que es “una acción que es tan arriesgada que puede causar graves perjuicios a quien la realiza.” Es decir que el asesino y la victima conviven en la misma habitación. Y todo apunta a que social y deportivamente caminamos sin darnos cuenta a eso, entre todos estamos llegando a un punto donde el camino ya es tan angosto que debemos prestar muchísima atención.
Estamos llegando a un punto en que el folclore del propio futbol está matando al mismo futbol que tanto amamos. Repito, un deporte que tanto amamos, tanto así, que sin darnos cuenta y que de a poco, estamos empezando a odiar.

Abrazo querido lector.
Benjamin Castro.

Sobreviviente al atentado del Maratón de Boston vuelve a correr.

En la edición 2013, de la considerada “una de la mas famosa carrera del mundo”, el Maratón de Boston, realizado en Massachussets, Estados Unidos, fue atacada por dos terroristas justo antes de la línea de meta. En el lugar de los hechos fueron detonados dos artefactos explosivos, de fabricación cacera, utilizando ollas a presión, esquirlas metálicas y bolas de rodamiento, causando tres muertes y casi 3 centenares de personas heridas. Entre ellas se encontraba la originaria de Texas, Rebekah Gregory DiMartino, quien sufrió graves heridas en su pierna izquierda. Si bien no perdió la misma en el atentado, luego de mas de 10 cirugías, Rebekah tomo la decisión de amputar su pierna por debajo de la rodilla debido a los intensos dolores y complicaciones que esto le trajo.

Pero esto no detuvo a Rebekah, con 27 años y una vida por delante, madre Noah de 7 años y esposa Pete, decidió enfrentar la situación con la mejor actitud positiva posible. Así fue que decidió despedirse de su pierna de una manera muy peculiar, con esta carta publicada en su pagina de Facebook.

 

"No sos tu, soy yo"

“No sos tu, soy yo”

“Hey soy yo.

Estoy segura de que no va a ser una sorpresa para ti cuando digo que hemos crecido por separado. El amor que una vez nos tuvimos ha disminuido, y esta relación se ha convertido en una carga real en mi vida. Hemos pasado por muchas cosas juntas. Hemos visto un montón de lugares, hecho un montón de cosas, y me has ayudado a través de los pasos más difíciles hasta ahora. Me comprometo a atesorar siempre esos recuerdos. Y no estoy diciendo que esto no es difícil para mí. Lo es. Pero tan difícil como puede ser, siento que nuestro tiempo juntas ha llegado a su fin. Necesito sentir que todos los días tengo una relación contigo y me estoy convirtiendo en una mejor persona. Y desde hace mucho tiempo no me he sentido así. En lugar de eso, siento como que me estás deteniendo para realmente alcanzar todo mi potencial. Ahora, probablemente, es bastante difícil de entender, pero nunca te he mentido y no planeo empezar ahora. Necesito de ti algo que no me puedes volver a dar. Y la empatía que necesitas yo ya no la puedo manejar. Te amo. De verdad que sí. Pero creo que tengo que empezar la próxima etapa de mi viaje. Así que con esto dicho, he cerrado un certificado de regalo que espero que utilices. Ve por ti misma a tu última pedicura y disfruta de ella porque mañana… Te cortaré de mi vida para siempre. Te deseo lo mejor donde que vayas,

Rebekah”.

 

Por eso luego de 6 meses de recuperación desde la ultima cirugía tras la amputación y con una nueva pierna ortopédica, ella logro correr los últimos 3.5 km de la edición 2015 del Maratón de Boston.

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Una historia que sirve como homenaje a las victimas inocentes de este acto realizado en 2013.

 

Fuentes:

Biochile.cl – elnuevodia.com – terra.com – upsocl.com

 

Ser futbolista en Barcelona y perder sin culpa.

Es conocido el folklore que rodea a nuestro baby fútbol. Padres y madres dejando todo del otro lado de la cancha, apropiándose de hazañas y reclamando por errores del equipo; errores que porsupuesto supieron anunciar de antemano. Claro, en muchos casos la habilidad del jugador en cuestión es un potencial salvavidas para toda una familia. En muchos otros es sólo ansias de gloria.
En 2011 la productora española El Cangrejo, mostró que la esencia está en otro lado, que en el fútbol no sólo está en juego la victoria.
Roger Gómez y Dani Resines son los directores de un corto documental sobre el Margatània, un equipo mixto de baby fútbol de Barcelona que nunca hizo un gol, pero bien supo recibirlos. El campeonato terminó con un saldo de goles de 271 en contra, uno a favor (finalmente, y después de rodado el documental, una de las niñas anotó un gol).

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